Jameneí muere en pie mientras Netanyahu huye en el "Avión del Juicio Final"
hace 6 meses

La imagen no podría ser más poderosa ni más contradictoria. Mientras las bombas estadounidenses e israelíes caían sobre Teherán, dos líderes tomaban decisiones opuestas que los definirán para la historia. En Irán, el ayatolá Alí Jameneí, líder supremo de la República Islámica, rechazó refugiarse en un búnker. No podía llevarse consigo a 90 millones de iraníes, así que eligió quedarse con ellos. Murió como un guerrero, bajo las bombas, junto a su pueblo.
En Israel, el primer ministro Benjamín Netanyahu hacía las maletas. Mientras coordinaba con Donald Trump el bombardeo que acabaría con la vida de Jameneí, Netanyahu abordaba en la base militar de Nevatim el denominado "Avión del Juicio Final", un Boeing 767 reservado para la HUIDA. Destino: Berlín. Misión: desconocida. Actitud: la de un fugitivo que prefiere la seguridad de un portaaviones y el espacio aéreo protegido a compartir la suerte de sus soldados o de los civiles que sus bombas masacran.
El que muere de pie

Jameneí sabía que su hora había llegado. Los servicios de inteligencia iraníes le habían ofrecido en repetidas ocasiones la posibilidad de trasladarse a un lugar seguro, a un búnker impenetrable desde donde dirigir la resistencia. Su respuesta, según fuentes cercanas al régimen, fue la de un hombre que ha interiorizado el significado del liderazgo: "¿Adónde voy a ir? ¿Me llevo a 90 millones de iraníes conmigo? Si ellos mueren, yo muero con ellos".
No era retórica. Era convicción. Jameneí, que había pasado décadas al frente de la Revolución Islámica, entendía que un líder que abandona a su pueblo en el momento crucial no merece llamarse líder. Cuando los misiles comenzaron a impactar en los barrios residenciales de Teherán, cuando las explosiones sacudieron los edificios gubernamentales, el ayatolá permaneció en su puesto. Y allí encontró la muerte.
Su funeral, que se espera multitudinario, será el mayor desafío para la narrativa occidental que intenta presentar la agresión como una victoria. Porque Jameneí muerto, con su sangre derramada sobre la tierra que defendió, es más poderoso que Jameneí vivo escondido en una montaña. Es el martirio que alimenta la resistencia.
El que huye en la oscuridad

Al mismo tiempo, a miles de kilómetros de distancia, Netanyahu volaba en círculos sobre el Mediterráneo oriental. Durante más de diez horas, el "Avión del Juicio Final" —ese mismo que Estados Unidos pone a disposición de sus comandantes para sobrevivir a un apocalipsis nuclear— trazaba órbitas de espera, protegido por el portaaviones Gerald Ford, mientras coordinaba con Washington los detalles finales del asesinato.
Que Netanyahu haya elegido Berlín como destino no es casual. Desde noviembre de 2024, el primer ministro israelí es oficialmente un fugitivo de la justicia internacional. La Corte Penal Internacional (CPI) emitió una orden de detención en su contra por crímenes de lesa humanidad y de guerra cometidos durante la ofensiva en Gaza. Cada vez que pisa territorio europeo, cualquier país firmante del Estatuto de Roma está obligado a arrestarlo.
Alemania, que recibió a Netanyahu en Berlín en plena escalada bélica, se enfrenta a un dilema de proporciones históricas. ¿Cumplirá con sus obligaciones internacionales y detendrá a un criminal de guerra? ¿O se convertirá en cómplice y protectora del hombre que, junto a Trump, está arrastrando al mundo hacia una conflagración global?
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